Durante más de un siglo, el deporte internacional se ha construido sobre un principio fundamental: la autonomía. El Comité Olímpico Internacional -COI-, las federaciones internacionales y los comités olímpicos nacionales han defendido sistemáticamente su capacidad para establecer normas y adoptar decisiones sin injerencias políticas. Este principio ha dado forma a la gobernanza del Movimiento Olímpico y continúa siendo una protección esencial frente a los gobiernos u otros actores externos que pretendan utilizar el deporte en beneficio de sus propios intereses.
Sin embargo, el entorno que rodea a ese principio está cambiando. El día de la final del Mundial de la FIFA 2026, el secretario general del Consejo de Europa, Alain Berset, se refirió a una sanción que, según su relato, había sido suspendida después de que un jefe de Estado contactara con el presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación -FIFA-. También advirtió sobre la expansión de las apuestas relacionadas con acciones individuales de los partidos y la decisión de la FIFA de incorporar como socio oficial a un mercado de predicciones. En lugar de anunciar un procedimiento contra la federación, Berset propuso abrir lo que denominó un “tercer tiempo”: un diálogo de trabajo con la FIFA para desarrollar un marco de integridad de cara al Mundial de 2030. El episodio no representa únicamente otro desacuerdo entre una institución política y una organización deportiva. Refleja una transformación más amplia en la manera en que gobiernos, reguladores e instituciones internacionales observan la gobernanza del deporte mundial.
La autonomía en un panorama deportivo cambiante
El debate ya no consiste simplemente en determinar si el deporte debe conservar su autonomía. Cada vez se centra más en cómo debe funcionar esa autonomía en un mundo donde las organizaciones deportivas internacionales ejercen una considerable influencia económica, política y social. Las federaciones internacionales ya no son únicamente reguladores técnicos. Organizan competiciones mundiales valoradas en miles de millones, conceden derechos de organización, negocian directamente con gobiernos, gestionan amplios programas comerciales y adoptan decisiones sobre elegibilidad, integridad, protección y derechos de los deportistas. Sus normas pueden afectar a carreras profesionales, representaciones nacionales, acceso a competiciones y distribución de importantes recursos económicos.
A medida que ha aumentado su influencia, también han evolucionado las expectativas. Los gobiernos reclaman una mayor transparencia, mientras los tribunales deben resolver controversias que antes se gestionaban casi exclusivamente dentro de las estructuras deportivas. Las organizaciones internacionales promueven estándares de gobernanza más exigentes y los poderes públicos examinan cada vez más cómo ejercen las entidades deportivas sus facultades regulatorias y comerciales. Esta evolución no debería interpretarse automáticamente como una injerencia política ni como un intento de debilitar la autonomía institucional. Refleja la realidad de que el deporte mundial se ha convertido en una parte importante de la vida pública internacional y que las organizaciones con una influencia tan amplia afrontan inevitablemente mayores exigencias de rendición de cuentas.
Cuando la supervisión no significa injerencia
La jurisprudencia europea ya muestra cómo está cambiando esta relación. En su sentencia de 2023 sobre la Superliga europea, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea -TJUE- no retiró a la FIFA y a la Unión de Federaciones Europeas de Fútbol -UEFA- su autoridad para regular el fútbol ni les ordenó aprobar la competición propuesta. Determinó que las facultades para autorizar competiciones e imponer sanciones debían ejercerse mediante criterios transparentes, objetivos, no discriminatorios y proporcionados. La sentencia reconoció la estructura particular del deporte, pero también dejó claro que sus actividades económicas y decisiones regulatorias continúan sometidas a la legislación.
Ese mismo equilibrio aparece en el planteamiento del Consejo de Europa. Su Carta Europea del Deporte reconoce los procesos autónomos de decisión de las organizaciones deportivas, pero también establece que actúan dentro de los límites de la legislación aplicable y deben seguir principios de buena gobernanza. La institución ha trabajado anteriormente junto al movimiento deportivo para crear convenios vinculantes sobre seguridad de los espectadores, lucha contra el dopaje y manipulación de competiciones. Su trabajo actual en una nueva recomendación que aborda conjuntamente la autonomía y la buena gobernanza refleja un esfuerzo institucional por conciliar ambos principios, en lugar de considerarlos necesariamente contradictorios.
La buena gobernanza como garantía de independencia
Esa distinción resulta fundamental. La injerencia política se produce cuando un gobierno, un cargo electo u otro actor con poder intenta influir en una sanción, elección, decisión de elegibilidad o norma competitiva para favorecer un interés particular. La supervisión legítima persigue una finalidad diferente: aplicar las leyes generales, proteger derechos fundamentales, exigir que las decisiones estén motivadas y garantizar que las facultades regulatorias se ejerzan de manera coherente. Aun así, los límites pueden resultar difíciles de identificar, especialmente cuando los gobiernos financian grandes acontecimientos, proporcionan seguridad, construyen instalaciones o negocian directamente con las federaciones internacionales. La declaración del Consejo de Europa sobre la FIFA contiene las dos dimensiones de esta tensión: critica una supuesta presión política sobre una decisión deportiva y, al mismo tiempo, solicita participar en el desarrollo de un marco internacional de integridad.
Por tanto, la pregunta más importante ya no es si las instituciones políticas deben permanecer completamente fuera del deporte. La cuestión es cómo pueden las organizaciones deportivas autónomas conservar su independencia mientras responden a las expectativas legítimas de las sociedades en las que operan. El deporte no puede funcionar eficazmente sin autonomía, pero es poco probable que la autonomía por sí sola pueda sostener la legitimidad institucional mientras continúa aumentando el escrutinio público. El futuro de la gobernanza deportiva internacional quizá dependa menos de defender la autonomía como un principio abstracto y más de demostrar que las instituciones autónomas pueden gobernarse con integridad, transparencia y responsabilidad. Durante más de un siglo, la autonomía ha sido la principal defensa institucional del deporte frente al control político directo. La próxima década puede determinar si la buena gobernanza se convierte en el principio que proteja a la propia autonomía.
Evaluación de THE IN
Nivel de evidencia: alto
Las instituciones políticas, los gobiernos, los reguladores, los tribunales y las organizaciones internacionales intervienen cada vez más en asuntos que antes gestionaban casi exclusivamente los organismos deportivos. Las recientes declaraciones institucionales, sentencias judiciales y marcos de gobernanza ofrecen pruebas claras de esta evolución.
Tendencia emergente
El deporte internacional está entrando en un entorno de gobernanza en el que la autonomía institucional y la rendición de cuentas pública se consideran cada vez más requisitos complementarios. Esto no elimina el riesgo de injerencia política, pero aumenta la importancia de distinguir entre una influencia indebida y una supervisión legítima.
Una posible conclusión
Las organizaciones mejor situadas para salir reforzadas quizá no sean las que defiendan su autonomía con mayor contundencia, sino aquellas capaces de demostrar que la autonomía y una gobernanza ejemplar pueden coexistir satisfactoriamente.
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For more than a century, international sport has been built upon one fundamental principle: autonomy. The International Olympic Committee -IOC-, international federations and national Olympic committees have consistently defended their ability to establish rules and make decisions without political interference. This principle has shaped the governance of the Olympic Movement and remains an essential protection against governments or other external actors attempting to use sport for their own interests.
The landscape surrounding that principle, however, is changing. On the day of the 2026 FIFA World Cup final, Council of Europe Secretary General Alain Berset referred to a sanction that, according to his account, had been suspended after a head of state contacted the president of the Fédération Internationale de Football Association -FIFA-. He also warned about the expansion of betting on individual moments within matches and FIFA’s decision to welcome a prediction market as an official partner. Rather than announcing proceedings against the federation, Berset proposed opening what he called a “third half”: a working dialogue with FIFA to develop an integrity framework for the 2030 World Cup. The episode is not merely another disagreement between a political institution and a sports organisation. It illustrates a broader transformation in how governments, regulators and international institutions view the governance of global sport.
Autonomy in a changing sporting landscape
The debate is no longer simply about whether sport should remain autonomous. It is increasingly about how that autonomy should operate in a world where international sports organisations exercise considerable economic, political and social influence. International federations are no longer only technical regulators. They organise global competitions worth billions, award hosting rights, negotiate directly with governments, manage extensive commercial programmes and make decisions concerning eligibility, integrity, safeguarding and athlete rights. Their rules can affect careers, national representation, access to competitions and the distribution of substantial financial resources.
As their influence has grown, expectations have evolved accordingly. Governments are demanding greater transparency, while courts are being asked to resolve disputes once handled almost exclusively within sporting structures. International organisations are promoting higher governance standards, and public authorities are increasingly examining how sports bodies exercise their regulatory and commercial powers. This development should not automatically be interpreted as political interference or as an attempt to weaken institutional autonomy. It reflects the reality that global sport has become an important part of international public life and that organisations with such extensive influence inevitably attract greater demands for accountability.
When scrutiny does not mean interference
European jurisprudence already demonstrates how this relationship is changing. In its 2023 judgment on the European Super League, the Court of Justice of the European Union -CJEU- neither removed the authority of FIFA and the Union of European Football Associations -UEFA- to regulate football nor ordered them to approve the proposed competition. It determined that powers to authorise competitions and impose sanctions must be exercised through transparent, objective, non-discriminatory and proportionate criteria. The judgment recognised the particular structure of sport while making clear that its economic activities and regulatory decisions remain subject to the law.
The same balance is reflected in the Council of Europe’s approach. Its European Sports Charter recognises the autonomous decision-making processes of sporting organisations, but also states that they operate within the limits of applicable legislation and should follow good governance principles. The institution has previously worked alongside the sports movement to create binding conventions on spectator safety, anti-doping and the manipulation of competitions. Its current work on a new recommendation addressing autonomy and good governance together reflects an institutional effort to reconcile the two principles rather than treat them as necessarily contradictory.
Good governance as a safeguard for independence
That distinction is crucial. Political interference occurs when a government, elected official or other powerful actor attempts to influence a sanction, election, eligibility decision or competition rule to advance a particular interest. Legitimate oversight has a different purpose: applying general laws, protecting fundamental rights, requiring decisions to be reasoned and ensuring that regulatory powers are exercised consistently. The boundaries can still become difficult to identify, especially when governments finance major events, provide security, build venues or negotiate directly with international federations. The Council of Europe’s statement regarding FIFA contains both sides of this tension: it criticises alleged political pressure on a sporting decision while also asking to participate in the development of an international integrity framework.
The most important question, therefore, is no longer whether political institutions should remain entirely outside sport. It is how autonomous sports organisations can preserve their independence while responding to legitimate expectations from the societies in which they operate. Sport cannot function effectively without autonomy, but autonomy alone is unlikely to sustain institutional legitimacy while public scrutiny continues to increase. The future of international sports governance may depend less on defending autonomy as an abstract principle and more on demonstrating that autonomous institutions can govern themselves with integrity, transparency and responsibility. For more than a century, autonomy has served as sport’s principal institutional defence against direct political control. The next decade may determine whether good governance becomes the principle that protects autonomy itself.
THE IN Assessment
Evidence level: High
Political institutions, governments, regulators, courts and international organisations are becoming increasingly involved in matters that were once governed almost exclusively by sports bodies. Recent institutional statements, legal judgments and governance frameworks provide clear evidence of this development.
Emerging pattern
International sport is entering a governance environment in which institutional autonomy and public accountability are increasingly treated as complementary requirements. This does not eliminate the risk of political interference, but it makes the distinction between undue influence and legitimate oversight more important.
One possible conclusion
The organisations best placed to emerge stronger may not be those that defend autonomy most forcefully, but those capable of demonstrating that autonomy and exemplary governance can successfully coexist.
















