sábado, 4 de julio de 2026

Por qué el COI podría enfrentar un mayor riesgo estratégico que la FIFA / Why the IOC may face greater strategic risk than FIFA

La FIFA registró ingresos de 7.500 millones de dólares en el ciclo comercial de cuatro años previo al Mundial de Qatar 2022, estableciendo un nuevo récord de más de 1.000 millones por encima del ciclo anterior vinculado a Rusia 2018, lo que demuestra que la crítica pública no necesariamente se traduce en daño financiero.

Esto plantea una pregunta importante: ¿por qué la FIFA ha sido capaz de absorber la presión reputacional con tanta eficacia, mientras que el Comité Olímpico Internacional parece más expuesto?

La respuesta está en la estrategia. Tras la crisis de corrupción de 2015, la FIFA actuó rápidamente para reconfigurar su modelo de patrocinio. Cuando socios tradicionales como Sony y Emirates se retiraron, fueron reemplazados por grandes corporaciones chinas como Wanda y Vivo, junto con empresas respaldadas por Estados de Oriente Medio como Saudi Aramco y Qatar Airways.

Estas asociaciones no están impulsadas únicamente por el retorno comercial. Para los patrocinadores vinculados al Estado, la visibilidad global y la influencia geopolítica suelen pesar más que la rentabilidad. El patrocinio se convierte en una herramienta de poder blando. A cambio, la FIFA ofrece derechos de organización y exposición mundial, situando las preocupaciones sobre derechos humanos en un plano secundario.

El modelo olímpico es diferente.

El programa TOP del COI depende en gran medida de corporaciones multinacionales como Coca-Cola, Visa, Toyota, Samsung e Intel. Estas empresas operan en mercados impulsados por el consumidor, donde la imagen de marca, la sensibilidad reputacional y la confianza pública afectan directamente al rendimiento.

La decisión de Toyota de no renovar su histórica asociación TOP después de París 2024 ilustra la sensibilidad del patrocinio olímpico ante consideraciones reputacionales. La compañía citó preocupaciones que incluyen la creciente complejidad del entorno olímpico y la evolución de la relación entre el COI y los atletas.

Este contexto ayuda a explicar el creciente acercamiento del COI a China.

La presidenta del COI, Kirsty Coventry, junto con altos dirigentes del movimiento olímpico, viajó recientemente a Pekín y Guangzhou para reunirse con autoridades chinas, incluido el presidente Xi Jinping. La visita subraya una dirección estratégica más amplia y una posible diversificación de alianzas.

Desde la perspectiva institucional del COI, China ofrece un entorno operativo altamente predecible, planificación de infraestructuras a largo plazo y un fuerte apoyo gubernamental a los grandes eventos deportivos. Estas características proporcionan certidumbre organizativa para proyectos que requieren planificación prolongada e importantes inversiones públicas.

China también representa una escala sin precedentes. Una importante iniciativa lanzada en cooperación con el China Institute of Sport Science busca involucrar a hasta 100 millones de personas a través de programas comunitarios y de participación deportiva digital de aquí a 2028.

Para el movimiento olímpico, esto va más allá del desarrollo de base. Representa el acceso a uno de los mayores públicos potenciales del mundo en un momento en que la participación juvenil y la audiencia de los deportes tradicionales en varios mercados occidentales enfrentan presiones estructurales y un declive a largo plazo.

Coventry describió a China como un socio fuerte y fiable. El valor político de esa relación es evidente. Ofrece estabilidad y alcance, pero también plantea cuestiones más profundas.

Pero esta estabilidad tiene un coste

En su 146ª sesión en Lausana, el COI aprobó cambios significativos en la Carta Olímpica como parte de su estrategia “Fit for the Future”. Las reformas refuerzan el principio de neutralidad e introducen mayor flexibilidad para configurar el programa olímpico en función del atractivo global y los costes.

El énfasis en la neutralidad pretende proteger al deporte de interferencias externas. Algunos gobiernos, organizaciones de derechos humanos y observadores de la gobernanza sostienen que este enfoque podría producir el efecto contrario. Al evitar posicionamientos claros sobre conflictos globales y cuestiones de derechos humanos, el COI podría estar incurriendo en una forma de posicionamiento político que favorece indirectamente a determinados actores.

Aquí es donde reside la verdadera debilidad.

El desafío ya no consiste simplemente en mantener la neutralidad. Una cuestión cada vez más debatida en términos de gobernanza es si la neutralidad puede seguir funcionando tal como fue concebida originalmente en un entorno geopolítico donde el deporte, la diplomacia y la influencia global están cada vez más interrelacionados.

Si el COI logrará mantener ese equilibrio sigue siendo incierto. Lo que parece cada vez más evidente, sin embargo, es que la gobernanza olímpica del futuro será juzgada no solo por el éxito deportivo, sino por la capacidad de la institución para conciliar la sostenibilidad comercial, la complejidad geopolítica y la legitimidad pública en un entorno internacional en rápida transformación.
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FIFA recorded revenues of $7.5 billion in the four-year commercial cycle leading up to the 2022 Qatar World Cup, setting a new record more than $1 billion higher than the previous cycle linked to Russia 2018, demonstrating that public criticism does not necessarily translate into financial damage.

This raises an important question. Why has FIFA been able to absorb reputational pressure so effectively while the International Olympic Committee appears more exposed?

The answer lies in strategy. After the corruption crisis of 2015, FIFA moved quickly to reshape its sponsorship model. When traditional partners such as Sony and Emirates stepped away, they were replaced by major Chinese corporations like Wanda and Vivo, along with state-backed companies from the Middle East including Saudi Aramco and Qatar Airways.

These partnerships are not driven purely by commercial return. For state-linked sponsors, global visibility and geopolitical influence often outweigh profitability. Sponsorship becomes an instrument of soft power. In return, FIFA offers hosting rights and worldwide exposure while placing human rights concerns lower on its list of priorities.

The Olympic model is different

The IOC’s TOP programme depends heavily on multinational corporations such as Coca-Cola, Visa, Toyota, Samsung and Intel. These companies operate in consumer-driven markets where brand image, reputational sensitivity and public trust directly affect performance.

Toyota’s decision not to renew its long-standing TOP partnership after Paris 2024 illustrates the sensitivity of Olympic sponsorship to reputational considerations. The company cited concerns including the growing complexity surrounding the Olympic environment and the evolving relationship between the IOC and athletes.

This context helps explain the IOC’s growing engagement with China.

IOC President Kirsty Coventry, alongside senior Olympic leadership, recently travelled to Beijing and Guangzhou to meet Chinese officials including President Xi Jinping. The visit underlined a broader strategic direction and a potential diversification of partnerships.

From the IOC’s institutional perspective, China offers a highly predictable operating environment, long-term infrastructure planning and strong governmental support for major sporting events. These characteristics provide organisational certainty for projects that require long-term planning and significant public investment.

China also represents unmatched scale. A major initiative launched in cooperation with the China Institute of Sport Science aims to engage up to 100 million people through community-based and digital sport participation programmes by 2028.

For the Olympic Movement, this extends beyond grassroots development. It represents access to one of the largest potential audiences in the world at a time when youth engagement and traditional sports viewership in several Western markets are facing structural pressure and long-term decline.

Coventry described China as a strong and reliable partner. The political value of that relationship is clear. It offers stability and reach, but it also raises deeper questions.

But this stability comes at a cost

At its 146th Session in Lausanne, the IOC approved significant changes to the Olympic Charter as part of its Fit for the Future strategy. The reforms reinforce the principle of neutrality and introduce more flexibility in shaping the Olympic programme based on global appeal and cost.

The emphasis on neutrality is intended to shield sport from external interference. Some governments, human rights organisations and governance observers argue that this approach risks producing the opposite effect. By avoiding clear positions on global conflicts and human rights issues, the IOC may be engaging in a form of political positioning that indirectly favours certain actors.

This is where the real weakness lies

The challenge is no longer simply about maintaining neutrality. An increasingly debated governance question is whether neutrality can continue to function as originally conceived in a geopolitical environment where sport, diplomacy and global influence are becoming progressively intertwined.

Whether the IOC ultimately succeeds in maintaining that balance remains uncertain. What appears increasingly evident, however, is that future Olympic governance will be judged not only by sporting success, but by the institution’s ability to reconcile commercial sustainability, geopolitical complexity and public legitimacy within a rapidly changing international environment.